Un viaje de esos y aquellos

Escrito por el 26/08/2018

Los viernes por la tarde la familia emprendía el viaje hacia la casa de los abuelos, salían antes del anochecer y llegaban al alejado pueblo del interior con la noche oscura ya bastante avanzada con aquella pequeña luna como faro que guía a destino, en esa inmensa soledad de repente desde una loma en la ruta se podía ver las escasas luces del pueblito que centelleaban y daban un alivio de llegar al final del camino.

Fotografía Jorge Urquiza

Mientras el motor roncante de la camioneta comenzaba su descanso del largo viaje, y la familia descendía; y allí estaba ella parada en la portera esperando para recibirnos, sonriente y feliz de vernos, nos recibía siempre con el mismo cariño y gesto amable, preguntando cómo estábamos, repartiendo besos y abrazos a cada uno.

Dentro de la casa siempre había algo casero para degustar, torta de crema, pan casero o tortas fritas. Al poco rato de instalados cenábamos, luego se preparaban las camas para dormir. En aquellas épocas sin celulares y con escasa señal en el televisor, la hora de dormir se precipitaba, para así también precipitar el despertar al día siguiente.

La abuela comenzaba el día muy temprano, siempre se adelantaba a los demás; mientras encendía la cocina a leña para preparar los mates que luego serían parte de la ronda familiar.

La cocina se encontraba separada de la casa, era de techo de quincha con paredes amarillentas por el humo, la mesada de portland lustrado, por encima, los cucharones y ollas colgaban de un alambre; en el medio de aquella pieza una mesa con cuatro sillas y enfrente un mueble con los platos, vasos y cubiertos, nada mas era necesario.

Luego de los menesteres del despertar iba para la cocina a desayunar, la abuela entibiaba el café con leche de una manera particular, pasaba la preparación de una taza a la otra dejándola caer desde una distancia considerable, dos o tres veces bastaban para lograr la temperatura perfecta, al verla siempre pensaba que era una suerte de malabarismo.

Fotografía Fabián Ramirez

A media mañana todo el solar donde se encontraba la casa, tenía aromas, colores y  sonidos que daban al lugar a una psicodelia natural, entre árboles de manzana, naranja, limón, durazno, ciruela, las aves entonan sus melodías, en las flores que se agrupaban en recuadros, las habían de muchas formas desde los pequeños  rayos de sol, pasando por yerberas, cartuchos, flor del pajarito, campanitas, lavandas y tantas otras, que siempre eran motivo de elogios a quien las cuidaba y regalaba a quien pidiera.

Entre las flores las abejas y mangangas zumbaban con estrépito, entregadas a su función tan elemental para mantener con vida aquel jardín en flor, las mariposas parecían delicadas bailarinas pasando de flor en flor si se las compara con la velocidad de aviones que practicaban los picaflores que en cada curva rápida dejaban el destello torno azulado de su plumaje.  En medio de esa vida circundante andaba la abuela, acomodando la tierra, regando o cortando hojas marchitas. Cuando los jazmines florecían ella los recogía y distribuía por las habitaciones de la casa, siempre olía bien, siempre estaba fresca y dulce.

Un día la abuela faltó, la familia sintió, la casa y el jardín sintieron su ausencia, pero cada tanto vamos y estamos allí, donde ella sigue cuidando la vida.

In memoriam.

 


Opiniones
  1. Fernando   /   29/08/2018, (22:20)

    El comentario que va a hacer tú “tío” es dar las gracias por sintonizar los mismos recuerdos…pequeñas cosas que daríamos todo por volver a ellas…

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