Salir en busca del destino. Una vez más.

Escrito por el 17/07/2018

En el balneario, alejado a unas 15 cuadras de la inmensidad del mar, se da una particularidad sonora, en las noches invernales de mucho frío, cuando la helada es inminente y no hay viento, el sonido de las olas al romper en la orilla se escucha como un suave vaivén de arrullo, se crea un efecto de caja acústica que permite que el mar se escuche desde lejos.

Esos días amanecen muy calmos y en mi cabeza suena un viejo tema de Phil Collins, “Another day in Paradise”, que ambienta en la tranquilidad que se despierta el balneario, el cielo con algunas nubes grises , con un brillo especial que da el sol al comenzar su recorrido por el hemisferio sur, cada vez mas los pinos se bañan en luz tornándose de un color terracota y las nubes como elegidas  por el azar o la suerte se tiñen en con una paleta de colores que pasa por varios tonos de rojo, naranja, azul y escalas de grises. Lo he visto tantas veces y siempre me ha maravillado de igual manera, que ya es un motivo para comenzar bien el nuevo día, familiar, laboral y rutinario.

 

El café cortado humea lentamente, como dándose un tiempo para afrontar el frío del aire que lo circunda. Las manos frías abrazan la taza y agradecen el traspaso de calor que alivia la baja temperatura, todo el cuerpo lo agradece tras el primer sorbo. El hábito, casi ritual del desayuno con sus mil formas de preparación hacen otra buena excusa para comenzar  de buena forma el día.

Luego de colocada la ultima capa de abrigo, salgo a la cancha,  a pelear la vida, a ganar el sustento, el jornal o como se quiera llamar, salir a trabajar temprano en la mañana, ahora sí, los sonidos del afuera comienzan a adueñarse del día, los motores dan sus primeros estertores, y en las calles de balastro se escuchan los pasos del caminar presuroso de las personas que van a esperar el ómnibus que los lleve a destino, con ese sonido característico urbano del balneario mezclado junto con el de la naturaleza,  las aves, como los horneros y benteveos reciben el día, los perros ladran y se desperezan exhalando un blanco vapor por sus hocicos fríos.

Así es que me integro al nuevo y resplandeciente día invernal, salgo a afrontar mi destino.

 


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