El Cazador de Aventuras: el máximo antihéroe argentino

Escrito por el 08/07/2018

Personalmente no tengo mucho mundo recorrido como para comparar, pero no me tiembla el pulso al afirmar que la ciudad de Buenos Aires en los años 90 fue lo más parecido a un paisaje postapocalíptico, estilo la Mega-City One del Judge Dredd o la ciudad del Chuy dentro de 100 años. En medio de ese caos y en la ficción de los cómics, un antihéroe llegó para traer algo de sentido a tanta destrucción e ilegalidad: El Cazador de Aventuras.

 

Cazador, como se llama el protagonista de esta historieta, fue un personaje muy peculiar en la historia del cómic adulto argentino. Marcó una etapa de renovación, a la vez que demostraba heredar los mejores elementos de aquella mítica publicación llamada Fierro, en la que se daban cita grandes artistas del cómic mundial, y sobre todo de Argentina. De hecho, el año en el que la Fierro clásica dejó de publicarse fue el año en el que El Cazador llegó a los kioscos, 1992. Ambas publicaciones tendrían una segunda etapa en el siglo XX, pero nunca llegarían a opacar a sus versiones iniciales.

 

Pero acerca de la Fierro espero poder hablarles otro día. Hoy vamos a centrarnos en el Cazi y su pisoteo de cabezas.

 

La primera etapa de este irreverente personaje tuvo lugar entre octubre de 1992 y diciembre de 2001, y estuvo a cargo de sus creadores, quienes guionaron y dibujaron de forma colectiva. Estos artistas eran Jorge Lucas, Ariel Olivetti, Claudio Ramírez y Mauro Cascioli. De estos cuatro sería Ariel Olivetti el que alcanzaría mayor popularidad internacional, al trabajar tanto para DC Comics en títulos como Batman, Superman y Justice League of America (entre otros), como para Marvel, en títulos como Daredevil, The Incredible Hulk y X-Men (también entre otros).

La historia del Cazador es un poco retorcida y nada simpática para quien tenga unos mínimos valores morales. Es un sádico, un violento extremo, un tipo que desciende de un largo linaje de brutales mercenarios. Sus ancestros más antiguos trabajaron para Vlad el Empalador. Su padre fue un soldado germano a sueldo y su madre una indígena caníbal de América, en la época de la primera colonia española (siglo XVI). Cazador se convertiría con el tiempo en el azote de los indígenas al servicio de la iglesia y la corona, hasta el día en que cayó cautivo de una tribu de brujos que imprimieron una cruz invertida al rojo vivo en su frente y le echaron la peor maldición que conocían: lo hicieron inmortal.

 

Esta historia de origen no está retratada en su primer número, sino que es narrada más adelante, en el número 7, titulado Muerte y nacimiento (el último número totalmente blanco y negro; a partir del 8 se publicaría a todo color). Este mecanismo de narrativa mediante flashbacks que pueden durar números enteros o apenas algunas viñetas se repite con mucha asiduidad en toda la historia de la publicación.

 

Así, en sus andanzas vemos al Cazador combatir contra demonios ancestrales en la actualidad, pero también exploramos cómo se iniciaron esas rivalidades en el pasado. Lo mismo con su relación ambivalente con la iglesia católica, con los grandes movimientos políticos de la historia y hasta con personalidades de todo el planeta: escritores, artistas, deportistas y políticos. Recordemos que nació en el siglo XVI, y desde entonces ha muerto muchas veces pero apenas unos minutos, por lo que ha podido entrometerse en donde le ha dado la gana. Tanto se acostumbró a morir, que se hizo hincha de Racing.

Las historias del Cazador están sobrecargadas de escenas grotescas y violencia gratuita, al puro estilo del cómic under de los 90, que incluso puede ser muy difícil de digerir con la óptica de los tiempos actuales. También es conveniente mencionar que El Cazador de Aventuras maneja unos niveles de humor negro bastante extremos, muy bien encajados en el estilo sobrecargado y lleno de sombras de sus dibujos. Las aventuras cazadas por este gigante hipertrofiado muscularmente e infradotado mentalmente no son para estómagos sensibles. Cuente esto como una advertencia. Ataquen.

 


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