Ese frio nostalgioso

Escrito por el 18/05/2018

Con los primeros fríos, que se hacen sentir de verdad, se comienzan a ver los cambios en las vestimentas; los gorros de lana, bufandas y camperas se empoderan, haciendo parecer a las personas gigantes de cuerpos anchos y piernas finas, que caminan con cuidado de no chocar con los demás debido a su nuevo volumen. Se ven aquellos que calientan sus manos con su hálito, frotándolas rápidamente y guardándolas en algún bolsillo que conserve el calor tan preciado; también está quien tiene la nariz roja, como un termómetro que marca la baja temperatura.

Con el frío sobrevuelan sabores y recuerdos, sabores de comida caliente, humeante, el guiso, la cazuela, la polenta, que entre tantas otras hacen las comidas típicas del invierno, y son especiales porque llevan muchos elementos para su preparación, carnes, porotos, verduras, especias, fideos y muchas cosas más que cada recetario tiene como toque especial. En la cocina se crea un ámbito que contiene muchos colores intensos, colores ocres y las más variadas formas, que se irán reduciendo para mezclarse en una sola esencia preparada para remediar los avatares del cuerpo en invierno. Sobrevuelan los recuerdos de aquellos olorcitos que hacían agua la boca y podían dar calor al cuerpo .

Y sobrevuelan los recuerdos de la niñez y el invierno, cuando mamá o papá exageraban los abrigos. Polera, buzo de algodón, buzo de lana, campera, gorro, capucha de la campera por encima del gorro y bufanda asegurando todo, dos pares de medias, pantalón arriba de otro pantalón fino y los zapatos con corderito por dentro, y pronto para salir de la casa. Apenas los ojos quedaban visibles y se perdía mucha movilidad.

Los días se hacían cortos y había que estar aquellas eternas horas de la noche invernal frente a la estufa jugando con un palito en llamas, imaginando aventuras con cualquier juguete o viviéndolas al leer algún libro fantástico. La noche terminaba cuando era el momento de ir a la cama para dormir, a pesar de estar con varias capas de abrigo, sábana, frazada, cobija y acolchado, los cuales no eran garantía de una cama caliente a la hora de entrar en ella, y así era. La cama estaba fría casi lastimosamente hasta el punto de tener que usar bolsa con agua caliente, o en épocas de antaño, un ladrillo previamente calentado envuelto en papel de diario, para mitigar ese frío insensible que se burla de nosotros y nuestros chuchos.

Con el frío del invierno se anudan ritmos de vida que bajan, ideas con futuro de calor, ganas de comida caliente que son sinónimo de alivio al día cruel y recio que devora las energías, pero también es un símbolo de reunión de amigos o familiares, de anécdotas e historias en torno a una mesa, de pasado y presente donde se conjugan costumbres tan variadas y tan ataviadas como personas que pasan soportando la estación invernal.


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